Nota realizada a partir de la ponencia presentada en el Modelo de Naciones Unidas de la Facultad de Derecho (MONU-FD), Facultad de Derecho de la UBA por Facundo A. Rodríguez (Lic. en Economía - Mg. en Gestión Económica y Financiera de Riesgo)
Hay una idea que conviene decir de entrada, porque todo lo demás se apoya en ella: el dinero no es neutral. No es una “tecnología matemática” ni un velo inofensivo que se puede correr para mirar la economía “real” de atrás. El dinero es una institución social y política. Y quien define cómo nace, para qué sirve y cómo se distribuye, define directamente las reglas del juego de una sociedad. Solo el 10-20% de ese dinero es físico —monedas, billetes—; el 80-90% restante es un simple registro contable en los bancos. Cambiar esa concepción, entonces, no es un debate técnico menor: es tocar el núcleo del paradigma de dominación.
El sistema de dominación macroeconómica global
Para entender cómo se ejerce el poder a escala internacional conviene pensarlo como un triángulo, cerrado por una circunferencia: el dinero como monopolio, la regla del juego que define ganadores y perdedores en el tablero mundial.
En cada vértice de ese triángulo hay un mecanismo distinto:
- Las guerras: imposición física. Son el mecanismo de última instancia para abrir mercados y forzar el uso de determinadas divisas. Ante una crisis de deuda o un país que se “desobedece”, la guerra impone un nuevo orden y nuevas deudas. Terminado el conflicto, la circunferencia monetaria se cierra y consolida el dominio sobre los vencidos.
- Las divisas: poder de imposición comercial. Actúan como un peaje obligatorio y una herramienta de sanción en el comercio internacional. Si una nación rechaza la divisa dominante, la deuda externa se convierte en la vía para asfixiarla económicamente. El caso de Venezuela desde 2019 ilustra el mecanismo con crudeza: tras años de intentar esquivar el dólar en la venta de su petróleo (cobrando en yuanes, en euros, e incluso lanzando en 2018 su propia criptomoneda estatal, el Petro), Estados Unidos incluyó al Banco Central de Venezuela en su lista negra, restringiéndole el acceso al dólar y bloqueándole cuentas en bancos internacionales. El resultado: más de 8.000 millones de dólares en activos venezolanos quedaron congelados en bancos de Estados Unidos, Portugal, España, Reino Unido, Francia y Bélgica, incluidas casi 31 toneladas de oro del Banco de Inglaterra (valuadas hoy en varios miles de millones de dólares) que Caracas no puede tocar pese a haberlas reclamado incluso para financiar la reconstrucción tras los terremotos de 2026. No hizo falta una guerra: la exclusión del sistema financiero en dólares y el bloqueo de las reservas hicieron el trabajo.
- Las deudas: dominación invisible. Subordinan la economía real y los recursos naturales de un país al pago de capital e intereses, sin necesidad de un solo disparo. Un ejemplo paradigmático, aunque a la inversa, es la Guerra de Secesión de Estados Unidos (1861-1865): el Sur perdedor no solo quedó devastado en infraestructura, sino que su deuda de guerra fue directamente aniquilada por la Constitución. La Sección 4 de la Enmienda XIV (1868) declaró “ilegal y nula” toda deuda contraída en apoyo de la rebelión confederada, dejando sin valor los bonos que sostenían la banca sureña y borrando de un plumazo el ahorro invertido en la causa perdedora, mientras la deuda del Norte vencedor quedaba constitucionalmente blindada e impagable de cuestionar. El resultado fue una región financieramente arrasada que arrastró pobreza y dependencia económica durante buena parte de las décadas siguientes de la Reconstrucción: la dominación invisible de la deuda funcionando también, y con la misma eficacia, cuando es la ausencia de deuda propia y la asfixia de capital lo que somete a una región.
La Guerra del Opio (1839-1842) es el ejemplo paradigmático del vértice de la guerra como “imposición física” para abrir mercados y fabricar deuda. El Imperio Británico, para forzar a China a abrir su comercio (y sostener el negocio del opio que revertía el déficit comercial británico en plata), le declaró la guerra a la dinastía Qing. China perdió, y el Tratado de Nanking no solo la obligó a ceder Hong Kong y abrir sus puertos: le impuso una indemnización de guerra en plata que China tuvo que pagar durante años. De ese mismo negocio (el comercio forzado del opio entre India, China y el Imperio) nació además una institución financiera que sigue operando hoy the Hongkong and Shanghai Banking Corporation (HSBC), fundado en 1865 en la recién colonizada Hong Kong para financiar precisamente ese comercio. Guerra, apertura comercial forzada, deuda y una banca que capitaliza todo el proceso, en un mismo movimiento.
Otro ejemplo, más directamente monetario, es la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871). Prusia derrotó a Francia, ocupó su territorio y el Tratado de Fráncfort de 1871 le impuso una indemnización de guerra de 5.000 millones de francos oro (cerca de una cuarta parte del PBI anual francés), con tropas alemanas ocupando el norte de Francia hasta que se pagara hasta el último franco. Francia pagó antes de lo previsto, en 1873, colocando deuda pública a gran escala entre su propia población. Pero lo decisivo para la historia monetaria vino después, con ese oro francés, el recién unificado Imperio Alemán abandonó el patrón plata que usaban sus estados y adoptó el patrón oro en 1871-1873, fijando el marco a 1/2790 de kilogramo de oro fino. La guerra no solo impuso una deuda: forzó literalmente el cambio de régimen monetario del país vencedor, con el oro extraído del país vencido.
Un tercer caso, mucho más cercano, sirve como contraejemplo útil: las Invasiones Inglesas al Río de la Plata (1806-1807). El objetivo británico era exactamente el mismo mecanismo apoderarse del tesoro colonial español depositado en Buenos Aires (oro y plata que esperaban embarque hacia España) y, sobre todo, quebrar el monopolio comercial español para abrir el puerto al comercio inglés. Beresford, tras ocupar la ciudad en 1806, decretó de inmediato el libre comercio y abolió los impuestos a la importación británica. Pero a diferencia del Opio o de Francia en 1871, acá el mecanismo fracasó: las milicias criollas, comandadas por Santiago de Liniers, reconquistaron Buenos Aires 46 días después, y repelieron una segunda invasión en 1807. No hubo indemnización ni cambio de régimen monetario que imponer, porque no hubo victoria militar. Es un recordatorio de que el vértice de la guerra no es un mecanismo infalible cuando falla, como en este caso, puede incluso fortalecer la cohesión y la autonomía política del lado que resiste. Las milicias que derrotaron a los ingleses fueron, después, protagonistas directas de la Revolución de Mayo de 1810.
Cuatro décadas más tarde, el mismo guion se repite y esta vez conecta los tres vértices del triángulo en un solo episodio: la Vuelta de Obligado (1845). Gran Bretaña y Francia, bajo el pretexto de garantizar la “libre navegación de los ríos” y el “libre comercio”, bloquearon el puerto de Buenos Aires y enviaron una flota a remontar el río Paraná para comerciar directamente con las provincias del interior y con Paraguay, sin pasar por la aduana de Buenos Aires ni reconocer la autoridad de Juan Manuel de Rosas. El 20 de noviembre de 1845, las baterías criollas al mando de Lucio Mansilla resistieron nueve horas de combate en la angostura del Paraná; tácticamente perdieron la flota anglo-francesa terminó forzando el paso, pero el desgaste diplomático y militar de mantener el bloqueo llevó a Londres y París a firmar tratados en 1849 y 1850 que reconocieron la soberanía argentina sobre la navegación de sus ríos interiores y saludaron a la bandera nacional con 21 cañonazos. Fue, otra vez, una derrota táctica convertida en victoria estratégica de soberanía. Y el episodio cierra con el vértice de la deuda: en 1849, como parte de la normalización de relaciones con Gran Bretaña, Rosas retomó el pago de la deuda contraída en 1824 con la banca Baring Brothers bajo el gobierno de Bernardino Rivadavia, el primer empréstito externo de la historia argentina, buena parte del cual nunca llegó a ingresar efectivamente al país, y que Rosas había llegado a ofrecer saldar en 1838, sin éxito. Guerra, divisas y deuda, los tres vértices, en el mismo conflicto.
Regímenes monetarios y guerras: una relación que no es casual
Si uno repasa la historia monetaria internacional de los últimos 150 años, el patrón se vuelve difícil de ignorar:
1. El Patrón Oro Clásico (1870-1914). Cada moneda tenía un valor fijo en oro, y los bancos centrales estaban obligados a convertir sus billetes a ese valor sin restricciones. El ajuste entre países era, en teoría, automático: un país con déficit comercial perdía oro, eso contraía su masa monetaria, bajaban los precios internos, sus exportaciones se volvían más competitivas y el oro volvía a entrar. Funcionó razonablemente bien mientras hubo estabilidad geopolítica y libre movimiento de capitales entre potencias con intereses alineados. Colapsa exactamente con la Primera Guerra Mundial: para financiar el esfuerzo bélico, todos los países en guerra suspendieron la convertibilidad y emitieron dinero sin respaldo.
2. El período de entreguerras (1918-1939). Fue, más que un régimen, veinte años de intentos fallidos de reconstruir el patrón oro sobre las ruinas de una economía mundial que ya no tenía las condiciones que lo habían sostenido antes de 1914. Vale la pena detenerse en por qué no funcionó.
El Tratado de Versalles impuso a Alemania reparaciones de guerra que su economía, ya devastada, no podía pagar. El gobierno alemán respondió emitiendo dinero sin respaldo para financiar esos pagos y, a partir de 1923, para financiar además la resistencia pasiva de los trabajadores del Ruhr tras la ocupación militar franco-belga de esa región industrial, en represalia por atrasos en las entregas de reparaciones. El resultado fue la hiperinflación alemana de 1922-1923: el marco pasó de cotizar 320 por dólar a mediados de 1922 a unos 7.400 por dólar a fin de ese año, y a 4,2 billones de marcos por dólar en noviembre de 1923. Los trabajadores cobraban dos veces por día y corrían a gastar el sueldo antes de que perdiera valor en las horas siguientes; el Reichsbank llegó a tener 1,2 sextillones de papiermarks en circulación. Recién se estabilizó con una nueva moneda, el Rentenmark, fijada a 4,2 por dólar y respaldada (sin oro real) por una hipoteca sobre la tierra agrícola e industrial alemana.
A eso se sumó un segundo problema, más silencioso: cuando las potencias intentaron volver al patrón oro en los años siguientes, lo hicieron mal. El Reino Unido regresó en 1925 a la misma paridad que tenía antes de la guerra, una decisión política de Winston Churchill (entonces Ministro de Hacienda), lo que dejaba a la libra sobrevaluada y obligaba a una deflación interna dolorosa para sostenerla; Keynes lo criticó en su momento. Francia, en cambio, volvió al oro en 1926-1928 con una paridad devaluada, lo que le dio una ventaja competitiva y le permitió acumular una porción desproporcionada de las reservas mundiales de oro (junto con Estados Unidos). Ese acaparamiento dejó a buena parte del resto del mundo con muy poco oro para sostener sus propias monedas, un desequilibrio que el sistema nunca llegó a corregir.
El nuevo patrón oro de los años 20, además, ya no era el de antes de 1914, era un “patrón de cambio-oro” en el que muchos países sostenían sus reservas no en oro físico sino en libras esterlinas o dólares. Eso lo volvía mucho más frágil: una corrida contra la libra podía arrastrar a todo el sistema. Y eso fue exactamente lo que pasó. La Gran Depresión de 1929 cortó el financiamiento estadounidense que sostenía a Alemania (y, a través de ella, los pagos de Alemania a Francia y el Reino Unido, y de estos a Estados Unidos por sus propias deudas de guerra, una cadena de dominó completa). Estalló una ola de crisis bancarias en Europa central, con la caída del Creditanstalt austríaco en 1931 como detonante. El Reino Unido abandonó el oro en septiembre de 1931 y devaluó la libra; Estados Unidos resistió hasta 1933. Lo que siguió fue una cadena de devaluaciones competitivas (cada país devaluaba su moneda para ganar competitividad exportadora a costa de sus vecinos, la política conocida como beggar-thy-neighbor (“empobrecer al vecino”)), combinada con aranceles, cupos de importación y controles de cambios que fragmentaron el comercio mundial en bloques monetarios rivales. Los países del “bloque oro” (Francia, Bélgica, Países Bajos, Suiza, Italia, Polonia), que se aferraron más tiempo a la paridad fija, terminaron con las monedas más sobrevaluadas y las depresiones más profundas, hasta abandonar también hacia 1936.
El resultado neto fue una economía mundial fragmentada, empobrecida y sin ancla monetaria común, el trauma de la hiperinflación alemana, sumado al desempleo masivo de la Depresión, alimentó directamente el ascenso del nazismo. Es el escenario que Bretton Woods, una década después, se propuso no repetir.
3. El Sistema de Bretton Woods (1944-1971). A diferencia de lo ocurrido tras la Primera Guerra Mundial, esta vez el orden monetario de posguerra no se dejó librado a que cada país improvisara por su cuenta: se negoció en plena guerra. La conferencia de Bretton Woods se celebró en julio de 1944, apenas un mes después del desembarco de Normandía, con la guerra todavía en curso en Europa y en el Pacífico, y los borradores de Keynes y de White venían circulando entre los ministerios de Finanzas británico y estadounidense desde 1941-1942. Fue, en ese sentido, un aprendizaje institucional explícito del vacío que había definido a los años 20 y 30: después de 1918 no hubo ningún mecanismo de coordinación entre países, cada uno volvió al oro por su cuenta y a su propio ritmo, y el resultado fue el caos cambiario descrito más arriba. Bretton Woods creó, por primera vez, una institución permanente el Fondo Monetario Internacional (FMI) con la función explícita de coordinar paridades y prestar reservas de corto plazo para que ningún país tuviera que devaluar en soledad. A diferencia del patrón oro clásico, acá solo el dólar estadounidense era convertible a oro (a 35 dólares la onza troy), y el resto de las monedas fijaban su tipo de cambio en relación al dólar, con margen para ajustarlo si un país enfrentaba un desequilibrio estructural. El FMI actuaba como prestamista de última instancia para sostener esas paridades en el corto plazo. Funcionó mientras Estados Unidos tuvo reservas de oro suficientes para respaldar la creciente cantidad de dólares en manos del resto del mundo. La Guerra de Vietnam, con el consecuente aumento en la emisión de dólares para financiarla, quebró esa relación: había demasiados dólares circulando afuera para el oro que efectivamente respaldaba, y en 1971 Estados Unidos no pudo sostener la convertibilidad.
4. El “dólar estándar” de tipos de cambio flotantes (1971-presente). Desde entonces las monedas flotan entre sí sin ancla metálica, y el dólar mantiene su rol central no por una convertibilidad formal sino por la profundidad de los mercados financieros estadounidenses y su uso como moneda de reserva y de facturación del comercio mundial. Es la era de la guerra de divisas.
Esa cuarta etapa tiene, además, subcapítulos bien identificables. En los años 70 y 80, el petróleo se ató al dólar (los petrodólares), generando flujos de capital que terminaron en deudas impagables y en crisis en el Sur Global. En los 90 y 2000, el mundo financió indirectamente las guerras de Estados Unidos al verse obligado a comprar bonos del Tesoro para sostener sus reservas. Y en el presente, el uso del sistema de pagos como sanción geopolítica (bloqueos, exclusiones de SWIFT1) ha acelerado la fragmentación financiera global y la desdolarización. El dólar dejó de ser solo una moneda: es un arma.
Entender esto es el punto de partida obligado antes de hablar de reformas. Porque la pregunta no es únicamente “qué régimen monetario es más eficiente”, sino “qué régimen monetario reparte el poder de manera distinta”.
Silvio Gesell: el dinero como boleto, no como refugio
En ese contexto aparece Silvio Gesell (1862-1930), comerciante y teórico germano-argentino radicado en Buenos Aires a fines del siglo XIX (padre, de hecho, de Carlos Gesell, fundador de la ciudad homónima). Gesell vivió en carne propia las recurrentes crisis argentinas y convirtió esa experiencia en una teoría económica alternativa.
Su diagnóstico: el dinero tradicional se usa como herramienta de especulación y atesoramiento (la gente lo guarda esperando que rinda interés o suba de valor) y eso estrangula la economía real. Gesell escribió, en su obra El Orden Económico Natural que el dinero, con su reforma del Dinero Libre, quedaría “reducido a la categoría de paraguas”. Es decir, algo que se pide prestado y se devuelve entre conocidos, porque nadie puede permitirse acumularlo ya que está obligado a circular.
De ahí nace su propuesta del “Dinero Libre” (Freigeld): un dinero que circula obligatoriamente, aplicando una pequeña tasa de inactividad o demurrage, para forzarlo a actuar como medio de cambio y no como refugio de riqueza.
La idea no quedó en el olvido. John Maynard Keynes la rescató en el capítulo 23 de su Teoría General, llegando a afirmar que el futuro aprendería más del espíritu de Gesell que del de Marx. Hoy, sus principios siguen siendo la base filosófica y técnica de buena parte de las monedas complementarias y los sistemas de crédito mutuo que se aplican en distintos puntos del mundo.
Rudolf Steiner: el dinero como derecho, no como poder
La otra visión que conviene traer a la mesa es la de Rudolf Steiner (1861-1925), filósofo, científico y esoterista austríaco, creador de la Pedagogía Waldorf, la agricultura biodinámica, la medicina antroposófica y la euritmia y, para lo que nos ocupa acá, de la llamada Tríada Social.
Steiner propuso una nueva articulación del organismo social, organizada en tres esferas independientes entre sí:
- Vida económica, basada en la fraternidad: asociaciones de producción, distribución y consumo, independientes del Estado.
- Vida jurídica/política, basada en la igualdad: regula la economía y la educación, pero no las dirige.
- Vida cultural/espiritual, basada en la libertad: educación, ciencia, arte y religión, autogestionadas.
El objetivo era evitar tanto el capitalismo salvaje como el comunismo estatal. Dentro de ese esquema, para Steiner el dinero es un derecho de transferencia de trabajo y un instrumento contable de cooperación social, que debe nacer horizontalmente de la confianza y la asociación voluntaria entre productores, trabajadores y consumidores. No pertenece a la esfera del poder político ni al lucro desregulado: debe regularse fraternalmente para que el esfuerzo humano sea retribuido con dignidad.
Gesell y Steiner coinciden en algo de fondo: ambos rechazan que el dinero sea una mercancía que deba generar interés, acumularse o funcionar como instrumento de poder y escasez. Gesell lo resuelve con un mecanismo técnico (el demurrage); Steiner, con un rediseño institucional completo de la sociedad.
El Bancor: la propuesta de Keynes que perdió
Con ese trasfondo, el triángulo guerra-dinero-deuda, la crítica de Gesell al atesoramiento, la de Steiner al dinero como poder, llegamos al corazón de la ponencia: el Bancor.
En julio de 1944, en la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas en Bretton Woods, Keynes (que, no por casualidad, admiraba profundamente a Gesell) propuso crear una moneda supranacional de cuenta para el comercio internacional. El Bancor no iba a circular entre el público: era una divisa contable de compensación entre bancos centrales, pensada para vincularse a una canasta de treinta materias primas básicas del comercio mundial (trigo, cobre, caucho, etc.), lo que le habría dado una estabilidad muy superior a la de cualquier moneda nacional. La propuesta original de Keynes (conocida como International Clearing Union) puede leerse en los documentos históricos del FMI.
Lo decisivo del diseño era otra cosa: el Bancor obligaba a los países con superávit a hacer circular o gastar su dinero dentro de la misma red, penalizando el atesoramiento de reservas internacionales. Es la misma lógica del demurrage de Gesell, pero aplicada a escala de las naciones. Un país que acumulaba de más pagaba un costo por no reinvertir ni comprarle a otros.
Esa propuesta perdió. Ganó el Plan White, que estableció un sistema centrado en el poder de Estados Unidos: las monedas nacionales no se relacionaban entre sí mediante una unidad neutral, sino que se fijaban al dólar, respaldado a su vez por oro a 35 dólares la onza. De ese plan nacieron el FMI y el Banco Mundial, diseñados bajo la hegemonía financiera de Washington. Y, sobre todo, el sistema no penalizaba a los países que acumulaban superávits masivos (lo que Keynes, con su lógica gesselliana, sí pedía), otorgándole a Estados Unidos una posición de privilegio comercial que se mantiene, con matices, hasta hoy.
Esa arquitectura dejó, además, una asimetría institucional que sobrevive intacta hasta hoy y que conviene señalar. La “Declaración de las Naciones Unidas” de 1942 sentó el concepto político de la alianza aliada; la Conferencia de Bretton Woods de 1944 diseñó, en paralelo, el andamiaje financiero; y en 1945 se formalizaron ambos, la Carta de la ONU y los convenios constitutivos del FMI y el Banco Mundial. Pero son dos lógicas de poder completamente distintas. En la Asamblea General de la ONU rige la soberanía política: un país, un voto, sin importar su tamaño o su PBI. En el FMI y el Banco Mundial, en cambio, rige el control financiero: el voto está ponderado por cuotas, es decir, por cuánto capital aporta cada país, lo que en la práctica le garantiza a las potencias occidentales, y en particular a Estados Unidos, una capacidad de veto institucional que ningún mecanismo de “un país, un voto” les daría. Ambas instituciones nacieron del mismo diseño geopolítico de posguerra, pero se separaron deliberadamente: una funciona bajo soberanía política, la otra bajo control financiero, operando de manera autónoma e independiente de la Asamblea General. Es la misma lógica de dominación vía deuda que venimos describiendo, pero inscripta en el propio reglamento de votación de los organismos que administran esa deuda.
Por qué esto no es solo historia
La conclusión es concreta: la crisis del comercio internacional no se resuelve imprimiendo más dólares, ni con criptomonedas privadas y volátiles, ni esperando que el sistema financiero tradicional se reforme solo. El diseño conceptual ya existe desde 1944: un sistema de compensación donde el superávit no sea un privilegio de dominación, sino una obligación de reinversión.
Lo que en 1944 era inviable por límites burocráticos y tecnológicos correr un Bancor global en tiempo real, con reglas anti-atesoramiento automáticas hoy es técnicamente posible mediante redes de contabilidad distribuida y contratos inteligentes. No es la Organización de las Naciones Unidas (ONU) el lugar, hoy, para desarrollar esa arquitectura en detalle, pero vale dejar planteada la pregunta que cierra la ponencia: si la tecnología ya nos permite romper el triángulo de guerras, deudas y divisas, ¿qué es lo que realmente falta? Probablemente no sea capacidad técnica. Sea voluntad política de construir cooperación en lugar de coerción.
Basado en la ponencia presentada en el Modelo de Naciones Unidas de la Facultad de Derecho (MONU-FD), Universidad de Buenos Aires.

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